Verónica,
una señora de unos 50 años, más o menos alta, delgada y con el pelo corto se
encuentra acostada en su cama, se la ve mirando fijamente el techo, se le
escapa una lágrima que recorre su rostro y se la seca, repentinamente se
levanta y camina hacia el armario que está a un par de metros de la cama, lo
abre, de allí saca un vestido rojo, a lado de tal armario se encuentra un
enorme espejo, seguido por un mueble lleno de maquillajes, perfumes, aros y
collares, se pinta, se peina y antes de ponérselo abrazada al vestido, comienza
a moverse lentamente, de un costado para el otro junto con su babeza, luego empienza
a girar, cierra los ojos y sonríe.
Antes de
abrir los ojos, una mano en su cintura la hace estremecerse, la toca suavemente
y recorre todo su brazo hasta llegar al hombro, alza la mirada y allí ve a un
hombre alto y un poco canoso, sonríe tímidamente, la música a su alrededor y
las luces hace parecer que son los únicos en la pista pero hay muchas parejas
más, bailan, ríen, evitan mirarse fijamente, hasta que sus miradas se
encuentran, todo se detiene, sus bocas lentamente acercándose una a otra, ella
lentamente cierra los ojos.
Siguió
asomándose pero nunca llegó ese beso, abrió los ojos y allí nuevamente sola en
su cuarto se miró al espejo, además de ver esas pequeñas arrugas que asienten
su vejez observó la soledad de su cuarto, comenzó con un pequeño sollozo y
terminó sentada en el piso llorando y gritando.
Lanna Romatowski.
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